La importancia del estilo

Año nuevo, entrada nueva. Y, como en todo proceso de renovación, conviene realizar algunos cambios. Esto significa que por fin he dado vacaciones a Aina, mi colaboradora experta en plantas, y vuelvo a ponerme al timón de este blog. Lo sé, la echaremos de menos (sobre todo yo, porque ahora me tocará trabajar); pero no os preocupéis, reaparecerá por estos lares el día menos pensado. No me atrevería a hablar de vegetales sin su visto bueno.

Hace unos meses publiqué en Twitter una encuesta. Quería averiguar si el grueso de mis seguidores le daba mucha importancia al estilo a la hora de escribir. Un 65% respondió afirmativamente, un 15% lo consideraba accesorio, otro 15% deseaba adquirir uno propio y  el 5% restante le declaró la guerra a las florituras. Mi intención no es iniciar otro debate sobre fondo y forma, sino más bien ahondar en un miedo característico de los autores noveles. Así que el artículo que estáis leyendo es el producto de horas de documentación y altas dosis de masoquismo personal.

Tywin Lannister

Tywin Lannister no quiere pagar sus deudas, lo que quiere son pichones ahogados en mantequilla rellenos de higos y una guarnición de alcachofas a la miel.

Pero, ¿qué es el estilo? Podríamos definirlo como la forma en que un autor plasma lo que escribe usando unos rasgos particulares. Dos escritores pueden redactar de forma parecida, incluso ahondar en los mismos temas; pero sus estilos jamás serán una copia exacta el uno del otro. El estilo es lo que hace al autor inimitable. En Poniente las piedras preciosas son grandes como huevos de codorniz, y tan innecesarias durante la batalla como los pezones de una coraza. Muchos autores escriben fantasía, sin embargo pocos describen la comida con la pasión de George R. R. Martin.

Dar forma a lo que se escribe nunca ha sido una tarea sencilla. Además, hay estilos más apropiados según el impacto que se pretenda conseguir sobre el lector. Por ejemplo, no puedo dejar de aplaudir el aire de comedia decimonónica que destilaba Jonathan Strange y el señor Norrell, de Susanna Clarke: «Dicen (y lo dice una dama infinitamente más inteligente que quien escribe) que el mundo en general se siente muy bien dispuesto hacia los jóvenes que mueren o se casan. ¡Imagine el lector el interés que suscitaba la señorita Wintertowne! Ninguna joven había gozado de tantas ventajas hasta entonces: muerta el martes, resucitada la madrugada del miércoles y casada el jueves, lo cual muchos consideraron demasiadas emociones para una semana».

Después de leer ese párrafo no me extrañaría que apareciera Elizabeth Bennet de detrás de una columna.

Henry Lascelles

A falta de heroínas austenianas, aquí tenéis a Henry Lascelles ataviado como un auténtico dandy.

El estilo es algo que no se aprende. Un mentor puede corregir fallos puntuales; sin embargo, cualquier intervención más allá de suprimir los errores formales, implicaría amoldar el texto al gusto de éste.

Entonces, ¿cómo podemos desarrollar nuestra propia voz? Quizás no sea el más apropiado para contestar a esa pregunta, pero conozco a alguien que sí tiene autoridad para hacerlo.

En una conferencia en el CCCB, Dave McKean dijo que no había conocido a un autor con más papeleo en la mesa, y más pestañas abiertas en el navegador, que Neil Gaiman. El secreto de su capacidad multitarea de momento permanece en secreto. Está tan activo en las redes sociales que es capaz de responder a cada pregunta que le mandan sus fans vía Tumblr.

Neil Gaiman

Instantánea robada a Neil Gaiman durante la firma de libros en la librería Gigamesh.

Uno de ellos comentó con preocupación que sus ideas estaban demasiado influidas por otros trabajos de ficción. Ante el temor de ser acusado de plagio, preguntó al bueno de Neil si podía darle algún consejo. Su respuesta fue la siguiente: «A medida que vamos escribiendo sonamos más y más como nosotros, y nos convertimos en nosotros mismos. Aprendemos que las ideas no importan tanto como la forma en que las expresamos. Mientras vivimos vamos acumulando experiencia vital, y es de ahí de donde sacamos nuestras propias ideas. Dejamos de sonar como otras personas, dejamos de hacer las cosas a su manera y empezamos a hacerlas a la nuestra».

¿Conclusión? Hay que seguir escribiendo, no podemos dejar que la ausencia de estilo sea una excusa que nos impida avanzar. De nada sirve esperar sentados a las musas. Si no me creéis echad un vistazo a lo que dice Gabriella Campbell en su blog.

Puedo entender el afán del escritor novel por ser genuino y original. Yo también me he obsesionado con ese pensamiento. El proceso para alcanzar la meta es lento y pesado, no imposible. Es hora de dejar de culpar a los espíritus del ingenio y procurar que, en caso de que llegue la inspiración, nos encuentre trabajando.

Mi reino por un nombre

Bautizar personajes de ficción es una tarea difícil, al menos para mí. Es como escoger el nombre de un hijo; aunque tu retoño sea imaginario, no vale cualquier opción. La red está plagada de listas que nos pueden ayudar a encontrar el más apropiado. Las hay según género, origen del nombre, sonoridad e incluso según su significado.

La Emperatriz Infantil

La Señora de los Deseos, la de los Ojos Dorados.

Yo soy de los que piensa que designar exige cierto grado de intencionalidad. En la literatura fantástica, el nombre a menudo define a su portador y es un atributo indivisible de él. Lo vemos en El Hobbit, en Un mago de Terramar, en Stardust y en un sinfín de obras. La Emperatriz Infantil de La Historia Interminable necesita un nuevo nombre, pues de ese gesto depende la supervivencia de toda Fantasía. ¡Así de crucial es el asunto! Los motes también son útiles. Además pueden ofrecer pistas ocultas, como el apodo Low Key Lyesmith en American Gods. Neil Gaiman es el no va más en eso de otorgar nombres. Es capaz de convertir un error tipográfico en la heroína de un cuento, como ocurrió con Coraline (su intención era escribir Caroline).

Ustedes, las personas, tienen nombres porque no saben quiénes son. Nosotros sabemos quiénes somos, por eso no necesitamos nombre. –El Gato, Coraline

El nombre simbólico es una técnica que, bien ejecutada, fortalece el contenido de una trama. Basta con reflejar el principio esencial de un personaje en su nombre. Charles Dickens era un experto usando este recurso. Por ejemplo, sabemos que el pequeño Tim (Cuento de Navidad) es un chico enfermizo porque su epíteto resalta lo joven y delicado que es.

Es una lástima que este método cayera en desuso en la ficción post-decimonónica, quizás porque puede resultar demasiado evidente. El primero en señalar este cambio fue Vladimir Nabokov quien, por cierto, no eligió al azar el título de su célebre Lolita. El escritor, nada más empezar el libro, ya nos deleita con un sugerente análisis de pronunciación: «Lolita: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes».

Sirius Black

Sirius Black contemplando el árbol genealógico familiar.

Los anagramas y los juegos de palabras son una constante en los nombres de ficción. Sino que se lo digan a Rajesh Koothrappali, de la serie The Big Bang Theory. Pero, ante todo, un nombre debe ser coherente con la época y el contexto en la que transcurre la acción. En su blog, Víctor Selles desaconseja el uso de nombres enrevesados sin justificación. Los editores tienden a desechar los manuscritos que los contienen. Estáis advertidos.

Lo cierto es que bautizar un protagonista suele ser duro y genera un bloqueo considerable. Hay autores que intentan superarlo recurriendo a listines telefónicos o generadores de nombres. Luego está J. K. Rowling, que usaba el listado de feligreses de su parroquia para inspirarse a la hora de nombrar personajes.

El miedo a un nombre aumenta el miedo a la cosa que se nombra. –Albus Dumbledore, Harry Potter y la piedra filosofal

La anécdota más curiosa que conozco le ocurrió a una alumna mía. Fue durante una firma de libros, aquí en Barcelona. El nombre de la joven es Izia y el autor que estampaba rúbricas no era otro que Patrick Rothfuss. A fin de evitar errores en las dedicatorias, los asistentes escribían sus nombres en un papelito antes de llegar a la mesa. Cuando le tocó el turno a Izia, Rothfuss le comentó que su nombre le parecía muy bonito. Y debió de gustarle mucho, porque le pidió permiso para usarlo en una de sus futuras novelas. De hecho, al finalizar el evento, el único post-it que se llevó consigo fue el de ella.

Desde luego, robar nombres de fans es una gran estrategia, sobre todo viniendo de alguien que le pone Kvothe al protagonista de su saga. Por si hay algún despistado, aclaremos que se pronuncia “cuouz”. Es imperativo añadir un anexo en los libros de fantasía en el que se especifique la pronunciación de los nombres propios y de lugar. Luego ocurren desgracias, como la que padeció Ursula K. Le Guin con el nombre de Ogión, «so Ogion, which rhymes with bogy-on, is “oh-jee-on” in the film».

Un consejo, no os compliquéis la vida.