Herbario (3) Beleño

—o, del ensueño—

Si Calderón de la Barca puso verdad en labios de su príncipe desdichado, si es cierto entonces que la vida es sueño… para los poetas barrocos del siglo de Oro, el sueño era verde y ceñía corona de opio y de beleño.

“Veneno que aduerme”, ya sea a príncipes cautivos o a musas quevedianas: de todas las hierbas de las brujas, quizás sea ésta la más familiar. Allá donde la mandrágora es leyenda y la belladona, reina en destierro, el beleño es el veneno de cada día, que igual te quita un dolor de muelas, que te emponzoña el sueño; en una palabra, te embeleña. Pues tan presente estuvo antaño esta planta en la consciencia colectiva, que se convirtió en verbo venenoso por excelencia. «Y aficionados a los vicios, y embeleñados  por ellos», nos advierte Fray Luis de León; «Ojalá fuera beleño», espeta al amante la joven despechada, salida de la pluma de Lope de Vega. «Andavan [sic] dando voces como embellinnados», escribe Gonzalo de Berceo allá en el siglo XIII.

Black henbane

Flores del infame beleño negro.

Hierba del delirio, del aturdimiento, del sueño… Bienvenidos al laberinto del beleño.

Beleños hay muchos en su género (literalmente): Hyoscyamus, que en Europa se concreta principalmente en dos especies: el negro (H. niger), y el blanco (H. albus).

En el sur de Europa es más frecuente el blanco, el cual he tenido multitud de oportunidades de ver. Enraizado en los recovecos de paredes viejas, en murallas azotadas por la brisa marina, ocupando parterres que no le corresponden en jardines botánicos… Se deja caer en rincones donde pasa desapercibido, pues a quien lo ve de reojo suele parecerle poco digna de atención una planta tan ordinaria.

Su cóctel alquímico es, sin embargo, tan interesante como el de sus primas de porte más aristocrático. Misma familia de compuestos (alcaloides tropanos), y efectos parecidos, aunque no calcados: sedación, anestesia, e incluso delirio y alucinaciones (además de un detalle muy curioso —y es que al parecer produce “una sensación de gran ligereza”, de tal forma que quien está bajo sus efectos puede llegar a sentirse ingrávido, como elevándose por los aires…).

Menos mortal que la belladona, menos rara que la mandrágora, su efecto narcótico se ha aprovechado en medicina para paliar el dolor de muelas (muchos de sus nombres populares están relacionados con los dientes), los sabañones, o los dolores de parto (sumiendo a la mujer en lo que los ingleses llaman twilight sleep, o sueño crepuscular).

Menos mortal que la belladona, menos rara que la mandrágora, su efecto narcótico se ha aprovechado en medicina para paliar el dolor.

Quizás por esa relativa amabilidad en sus efectos (si lo comparamos, p. ej. con la furia que puede provocar una intoxicación con belladona), quizás por sus hábitos de crecimiento algo decadentes, casi “de mala hierba”, o por su aspecto más bien feúcho y descuidado… sea como sea, el beleño se infiltró en la cultura hispánica como no lo hicieron las demás, tanto en registros cultos como populares. «Al que come beleño, no le faltará sueño», reza el refrán.

Y es que es hierba de pícaros allá donde crece. En el medievo europeo podían ser gitanos quienes echaban simiente de beleño sobre las ascuas en los baños públicos para atontar, y así desplumar, a sus embotados visitantes. Entre los beduinos, se cuenta que su embriagador beleño (H. muticus) es usado por ladrones, quienes llegarán a tu tienda fingiéndose inocentes, te ofrecerán tabaco mezclado con hojas de beleño… y tras un profundo sueño, te despertarás un poco —o un mucho— más pobre, pues habrán desvalijado tranquilamente tu morada.

Más al norte, en cambio, su reputación es oscura, sin esa connotación popular más leve que posee, por ejemplo, en castellano. En la cultura anglófona y centroeuropea es Hyoscyamus niger quien acapara la atención: black henbane, beleño negro y maloliente, hierba de brujas de nefasta y peligrosa fama.

Hamlet (1996)

Fotograma de la película “Hamlet”, protagonizada por Kenneth Branagh.

Hay quien sugiere fuese beleño la pócima que acabó con la vida del rey de Dinamarca en el Hamlet de Shakespeare («with juice of cursed hebenon/hebona in a vial») —o, cuando menos, la hierba cuya descripción renacentista inspiró al poeta cuando imaginó su veneno literario.

En La Letra Escarlata el beleño aparece mencionado, junto con la belladona y el zumaque venenoso (creo), como hierba malvada identificada con el personaje de Roger Chillingworth (presencia oscura y vengativa que amarga la existencia de la protagonista, Hester Prynne).

Demi Moore como Hester Prynne.

Hester Prynne exhibiendo la marca de su adulterio.

Allá donde aparezcan jardines de brujas y pócimas de salubridad dudosa, proliferan las menciones modernas beleñísticas. Y es que hoy en día la asociación principal del beleño parece haber arrinconado el sueño en favor de la magia negra, lo cual me parece una lástima, dada la larga tradición simbólica embeleñada en la literatura hispana, siendo Cervantes el último ejemplo que os dejo: «Morfeo, el dios del sueño, por encanto/ allí se apareció, cuya corona/ era de ramos de beleño santo».

Salid de puntillas del laberinto pues, y cerrad la puerta con cuidado, no vaya a ser que se despierten los durmientes embeleñados.


Aina S. Erice escribe historias para gente curiosa sobre plantas & personas. Cultura & plantas, vamos. Tiene una cierta fijación con las bibliografías, los diccionarios, y el té chai (entre otras cosas); se la puede encontrar en su web, o directamente en su blog Imaginando vegetales.

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