Herbario (2) Belladonna

—o, los frutos de la visión—

La reina celada habita en colinas umbrías y frescas, entre ruinas; en silencio. Es suyo el trono indiscutible de las viejas plantas mágicas; nadie puede comparársele en estatura, belleza o misterio. Sin embargo, su hermosura fue tan temida por los hombres, que terminó por merecerle el destierro.

¿Acaso has oído hablar de ella a menudo? ¿Has escuchado sus leyendas, o sabes de relatos hilvanados con el verde áspero de sus hojas, quizás teñidos del color púrpura de sus florecillas campanuladas?

Belladonna

Flores de Atropa belladonna.

Es su hermana la mandrágora —bajita, discreta, de frutos dorados y raíz antropomorfa— quien acapara el mito.

Ella, en cambio, suele protagonizar menciones tan fugaces como expeditivas: una línea nada más en la magistral obra de Orwell Rebelión en la granja, por ejemplo, para poner punto y final a un suicidio.

Pues la belladona es reina, sí; pero reina en el destierro frío al que se condena a las mujeres cuya hermosura enloquece hasta la muerte.

Pesadilla antes de Navidad

Sally almacenando belladonna en “Pesadilla antes de Navidad” para poder así narcotizar a su amo.

Al igual que hay dioses y personajes cuyo nombre descubre su más profunda esencia (y de ahí la importancia de escogerlo bien), hay plantas cuyo nombre revela su naturaleza íntima, y esta es una de ellas. La bautizaron como Atropa belladonna: mujer, atractiva, y fatal. No en vano su género nos remite a la moira Atropos —rígida, inflexible, eterna— en la mitología griega: la que, llegado el momento, corta el hilo de la vida.

Seductora, a la vez que ejecutora. Y menciono su nombre en inglés porque me resulta muy evocador: nightshade. Noche, y sombra. Y, para dejarlo aún más claro, especificamos que además es deadly, mortífera. Cuenta la leyenda que los escoceses, liderados por el rey Macbeth, derrotaron a un ejército de daneses sirviéndoles cerveza aderezada con belladona durante una falsa tregua.

No son, en cambio, legendarias las muertes de niños e imprudentes que se han llevado a la boca las bayas brillantes y traicioneramente dulzonas de esta planta. Del tamaño de una cereza, jugosas, negras como las sombras nocturnas; y tremendamente tóxicas. Con razón el ganso de Orwell se traga unas cuantas para evitar ser ejecutado por el tirano en ciernes de la granja animal, el cerdo Napoleón.

Evelyn Poole

En la serie “Penny Dreadful”, Evelyn Poole le comenta a Sir Lyle los usos cosméticos de la belladonna.

Allá donde la mandrágora goza de terrenos más abiertos, la belladona reina en la sombra de los bosques de hoja caduca; no la encontraremos en encinares. Por ello es planta mágica del norte, con algún enclave en las penínsulas e islas del Mediterráneo pero cuyos dominios se extienden sobre todo por Europa central y las islas británicas. De ella se habla (poco, pero se habla) en la antigüedad grecorromana, aunque sin mucho aderezo mitológico. Durante el medioevo y renacimiento, las asociaciones entre la fría belladona y su naturaleza demoníaca parecen temperarse con un prudente aprecio por sus propiedades medicinales—pues la reina no administra únicamente muerte, sino también sosiego ante el dolor. Sin embargo, tan fina es la línea que separa sosiego y reposo eterno, y tan tentadoramente hermosas sus bayas, que la belladona es condenada al destierro: ¡que la expulsen de todo jardín y todo monte, que nadie pueda caer en la tentación fatal!

Aquí, sí: el laberinto entre la planta material y la planta simbólica parece ser un sencillo labyrinth. La muerte no se regodea en meandros, sino que corta a través del seto para conectar ambas mitades de la belladona —real y simbólica—, que son prácticamente una misma cosa: atracción fatal.

Así, en la novela de E. Loupas The Flower Reader, sirve como personificación vegetal de un personaje (curiosamente, masculino), descrito en los términos siguientes: «No, no me fiaba de él. Si hubiese tenido que escoger una flor para este hombre, habría sido la belladona, con sus flores campanuladas de tintes rojo-púrpuras, y hermosas y brillantes bayas— que esconden en su interior una trampa mortal».

Trampa mortal son también las bayas que se describen en Los Juegos del Hambre, de inspiración muy belladoniana: la planta cuya ingesta resulta letal para uno de los adversarios de Katniss y Peeta es llamada nightlock, nombre que sugiere la hibridación entre nightshade (de frutos atractivos pero mortales) y hemlock (cicuta, el famoso veneno que acabó con la vida de Sócrates).

Nightlock

El famoso nightlock de “Los Juegos del Hambre”.

Incluso su inclusión tardía en los diccionarios del lenguaje de las flores podría hacer referencia a uno de sus efectos médicos: silencio. Pues una infusión de belladona puede paralizar la garganta, impidiendo la deglución e incluso el habla.

No es reina de la palabra pues, pero sí de la visión. De los ojos interiores que despiertan imágenes imposibles, y que hacen de ella una de las plantas tradicionalmente consideradas parte de los ungüentos de las brujas.

Pero también de la mirada exterior: pues los alcaloides de la belladona tienen efecto midriático — esto es, que dilatan y paralizan la pupila. De ahí quiere la tradición que derive su nombre: del uso cosmético que las mujeres italianas daban a las bayas para ennegrecer y embellecer la mirada (pensemos que la excitación sexual tiene un efecto parecido…).

He visto a sus súbditas, mandrágoras, beleños, estramonio y metel. A ella, nunca. La reina aguarda en la sombra que arroja el dintel de la puerta, escondida en el lindar que debe atravesar quien quiere emprender el gran viaje.

Con razón Tolkien le dio a Bilbo Bolsón una madre legendaria: «the fabulous Belladonna Took», perteneciente a una familia de la que se decía «that long ago one of the Took ancestors must have taken a fairy wife» («tiempo ha, uno de los ancestros Took tomó por esposa a un hada»).

El Hobbit y El Señor de los Anillos

Retratos de Belladonna Tuk y Bungo Bolsón.

Esa reina de la casa que nunca aparece en escena, para quien se construyó Bolsón Cerrado y legó a Bilbo su lado aventurero… Belladona tenía que ser.

Que el resultado principal del gran viaje en El Hobbit fuese un anillo de invisibilidad que, sin embargo, te descubre ante las criaturas del Señor Oscuro… ¿fue casualidad,o destino?


Aina S. Erice escribe historias para gente curiosa sobre plantas & personas. Cultura & plantas, vamos. Tiene una cierta fijación con las bibliografías, los diccionarios, y el té chai (entre otras cosas); se la puede encontrar en su web, o directamente en su blog Imaginando vegetales.

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