Herbario (1) Mandrágora

—o, el triunfo de la forma sobre la sustancia—

La mandrágora es fría y seca, como las brujas con las que hoy se asocia.

La más seductora de todas las plantas, la más misteriosa, que ejerce simultáneamente atracción y repulsión por su condición liminal —“la planta que quería ser hombre”, se la describe en El Laberinto del Fauno. Su grito aboca a la locura o a la muerte— o, si son aún jovencitas, a un desmayo en Harry Potter y la cámara secreta.

Harry Potter, Hermione Granger, Ron Weasley y la profesora Sprout.

Ron Weasley sujetando una mandrágora en la clase de Herbología de la profesora Sprout.

La simbología de la mandrágora es como la planta misma:

☛ Una parte aérea, bien visible, que corresponde al vegetal real;

☛ Una parte subterránea que adopta formas inconcebibles, grotescas, sin que nada en la superficie haga pensar en un crecimiento tan extravagante y fantástico en la oscuridad; es la mandrágora simbólica.

Mandrágora

Las flores de color blanco violáceo brotan del centro de la planta.

Y en el confín que separa raíz antropomorfa (semihominis, como la llamó Columella en el s. I dC) de hojas, flores y frutos, yace el laberinto.

La mandrágora real es un género de plantas (Mandragora spp) con una roseta de hojas peligrosamente apetitosas, parecidas a la lechuga o a las acelgas; unas florecillas que ora son violáceas, ora son blanquecinas; y unas jugosas bayas que pueden adoptar tonalidades desde amarillento a anaranjado.

Existen varias especies, diseminadas en dos grandes zonas geográficas: el Mediterráneo, y la zona sino-himalaya. En Europa sólo parecen encontrarse en estado silvestre en el sur de España, Italia, y Grecia (e islas mediterráneas, p. ej. Chipre).

Por ahora no parece la descripción de una planta especialmente interesante para la imaginación, lo sé. La fortuna simbólica de la mandrágora se halla en dos peculiaridades biológicas: una relativa a su forma, la otra a su sustancia.

Empecemos por la sustancia: los efectos que su bioquímica (más concretamente, sus alcaloides tropanos) provoca sobre el ser humano. La mandrágora es un potente narcótico, y como tal se cita en obras griegas clásicas en las que se compara el embotamiento de los ciudadanos con los efectos de haber bebido vino de mandrágora. La bioquímica mandragoril atonta, entumece, duerme… y, como todos los narcóticos, en exceso puede llevar a la muerte.

Sin embargo, este arsenal alquímico no es ni único, ni especialmente potente comparado con el de otras hermanas suyas en la feliz familia de las solanáceas: los efectos no son radicalmente distintos, ni en intensidad ni en naturaleza, a los que puedan provocar especies como la belladona o el beleño negro.

(De hecho, y aunque otros integrantes de la familia no son tóxicos —como los tomates o los pimientos—, hubo quien sospechó largo y tendido de vegetales tan inocentes como la berenjena misma, pensando que fuese precisamente ¡una especie de mandrágora!)

Pasemos a la forma: y es que la raíz de la mandrágora, además de ser sorprendentemente grande (hasta 1 m de profundidad) respecto a lo escuchirrimizado de su parte aérea, puede adoptar un aspecto que recuerda al ser humano (o, como mínimo, a sus piernas).

Hasta aquí, las posibles puertas de ingreso en el laberinto. Ahora, el bosque de significados simbólicos que florecen al otro lado del dédalo.

Si revisamos la literatura para ver qué representa la mandrágora en el imaginario colectivo, observaremos que las obras actuales más conocidas retoman los siguientes motivos:

☛ Grito mortal emitido al ser arrancada del suelo (véase Harry Potter);

☛ Talismán garante de buena suerte al que es necesario alimentar y/o cuidar para que asegure los resultados deseados (ej. El laberinto del fauno);

☛ Ayuda en lides de amor y fertilidad (ej. El laberinto del fauno).

El laberinto del fauno

Ofelia alimenta la mandrágora que alivia el dolor de su madre embarazada.

No son las únicas obras que la mencionan, por supuesto. En las letras latinoamericanas encontramos la obra Sólo los elefantes encuentran mandrágora, de la uruguaya Armonía Sommers; o el grupo de poetas surrealistas chilenos que se bautizaron como La Mandrágora. Menciones se hallan también en Borges (El libro de los seres imaginarios), o en el argentino Julio Cortázar (Rayuela).

En las letras españolas, la encontramos en un relato corto de Emilia Pardo Bazán, El talismán.

Sin embargo, destacan por su fuerza (¿e insistencia?) sus apariciones literarias en Alemania, convirtiéndose en protagonista de la novela de 1911 de Hans Heinz Ewers, Alraune (palabra alemana que hoy significa literalmente “mandrágora”), posteriormente adaptada al cine. Viene también citada en la obra de la ocultista y co-fundadora de la Sociedad Teosófica Helena Petrovna Blavatsky, de ascendencia ruso-germana, y que saca el tema de la mandrágora al hablar sobre la posible existencia y creación artificial de homúnculos (tema caliente a finales del s. XIX, cuando se publicó su obra Isis Unveiled). Podríamos decir que algunas de estas alraune son un análogo vegetal simbólico al monstruo del Dr. Frankenstein, que por ejemplo en la obra de Ewers posee un fuerte componente ¿misógino?: la mujer-planta es mujer-mala. El terreno simbólico y cultural ya está preparado para la siembra de esta idea, siendo lo vegetal pasivo, terreno, y asociado con las mujeres.

Permitidme, sin embargo, que llame la atención sobre una cuestión laberíntica curiosa.

Por un lado, tenemos una concepción simbólica de la mandrágora, la que mayor éxito ha conocido, que imagina una planta turbadora, que provoca ansia, con leyendas estremecedoras sobre su nacimiento al pie del patíbulo a partir del semen/sangre/orina de un ahorcado.

Pero si lo analizamos bien, nos damos cuenta de que esta idea se gesta, sobre todo, en la Europa del norte: precisamente donde no crecen mandrágoras silvestres, y por lo tanto donde nadie tiene la menor idea práctica de cómo son en realidad. Incluso en el cuento de Pardo Bazán el talismán mandragorístico no proviene del sur de la península, sino que está en poder de un aristócrata austríaco (que lo compró a un israelita de Palestina).

En la literatura española del renacimiento —época especialmente preocupada por brujerías, por cierto— no he hallado ninguna referencia a la mandrágora: no se la menciona en El Quijote, ni tampoco en La Celestina.

Sí aparece en herbarios de la época, pero las supersticiones que más veces se mencionan son las relativas a su supuesto efecto mágico sobre la fertilidad femenina; de hecho, la aparición más famosa en Italia de esta planta es como ardid engañabobos en la comedia de Macchiavelli La Mandragola (en la que un pícaro enamorado de una mujer casada —pero sin hijos— convence al marido de que el remedio para acabar con la esterilidad de su matrimonio es usar la mandrágora mágica… cuyo único inconveniente es que provocará la muerte del primero que se acueste con su mujer tras la ingesta del brebaje. Claro que eso tiene fácil solución: que el marido permita que otro “se sacrifique” acostándose con ella antes…).

Usos de la mandrágora en brujería

Morgana utiliza la mandrágora para embrujar a Uther Pendragon en la serie de la BBC “Merlin”.

Otros han avanzado sus teorías para explicar tanto revuelo alrededor de esta planta singular (¿pero por qué ella?) y simplificar el laberinto. Nos gustan las cosas simples.

Por suerte o por desgracia, no lo son, aunque no sea este el lugar para perdernos en los recovecos históricos, bioquímicos o documentales que participan en el enredo.

Sin embargo, sí quiero destacar una idea importante: y es que ese bosque mágico de significados simbólicos que nos parece tan antiguo, tan coherente, con una identidad tan clara… es, en realidad, un palimpsesto: una quimera fruto de la cultura escrita, más que del folklore oral “real”.

Como con los leones o los elefantes de los bestiarios medievales, la mayoría de personas que acumulan citas literarias ajenas sobre la mandrágora no la han visto ni empleado nunca. El resultado es un popurrí de anotaciones de autores que sí interaccionaron con ella, observaciones sobre plantas que se identificaron (acertada o equivocadamente) con la mandrágora, y comentarios sobre rituales que antaño se aplicaron a otras plantas pero terminaron ‘injertándose’ sobre la leyenda de este vegetal.

La mandrágora-talismán, la planta que quería ser persona, jamás será un ingrediente de un vino afrodisíaco; quien se ha asegurado una raíz de mandegloire (como se la llamaba en Francia) la guarda intacta en paño de oro fino, pues ¿qué sentido tiene comerse un talismán que trae fortuna y riqueza? No; el poder apotropaico de la mandrágora está en su forma, que debe ser preservada, alimentada, mimada. Por eso las mandrágoras fraudulentas podían circular impunemente, aun siendo raíces de otras plantas: nunca tendrían que someterse a la prueba de identidad bioquímica que sólo la verdadera mandrágora podría superar.

La alraune mágica que obsesiona y fascina allende los Alpes es fría y seca como las brujas, sí; pero sobre todo es un misterio exótico, una planta legendaria que se tambalea entre lo vegetal y lo humano.

Consultar la (laaaarga) bibliografía de este artículo aquí.


Aina S. Erice escribe historias para gente curiosa sobre plantas & personas. Cultura & plantas, vamos. Tiene una cierta fijación con las bibliografías, los diccionarios, y el té chai (entre otras cosas); se la puede encontrar en su web, o directamente en su blog Imaginando vegetales.

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6 comentarios en “Herbario (1) Mandrágora

  1. Me ha encantado esta entrada. Una vez más, el culto de la mandrágora muestra lo antropocéntrico que es el ser humano, tanto que quiere ver en una raíz una figura que se asemeja a él y, por tanto, hay que loarlo. Es una muestra más de lo encantados que estamos por habernos conocido, y cómo nos amamos a nosotros mismos.
    ¡Un placer leeros!

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    • Buenos días, Carla.

      He querido adelantarme a la réplica de Aina para darte la razón. El antropocentrismo que señalas es algo tan común que no sólo se aplica a esta planta, sino prácticamente a la totalidad de la creación.

      A mí me fascinan los consejos asociados a la extracción mandragoril. En “Plantas que curan y matan”, de Arias Carbajal, se dice que «era menester cogerla bajo una horca, observando ritos particulares, y solamente en determinadas condiciones disfrutaba de todas sus propiedades». Paul Sédir (“Las plantas mágicas”) comenta que Teofrasto aconsejaba trazar tres círculos con una espada en torno a la mandrágora y arrancarla mirando hacia el Este. En la Edad Media eran más brutos: se escarbaba un poco alrededor de la planta y luego se ataban a un perro al cuello de la raíz. Finalmente se obligaba al perro a tirar de ella para que el animal fuera víctima del legendario grito mortal.

      Muchas gracias por tu comentario. Espero que sigas disfrutando de futuras entradas.

      Le gusta a 2 personas

      • Je, je, je, romperé una lanza en favor del pobre Teofrasto, a quien Paul Sédir deja un poco mal… en realidad, al parecer el pobre “transmitió” lo que hacían las gentes por aquel entonces, no que él mismo lo aconsejase, si mal no voy.
        (es que le tengo cariño a Teo…).
        Tengo mis dudas respecto a las extracciones “reales” de mandrágora en la Edad Media, vs las literarias/folklóricas –más que nada, porque no crecían mandrágoras silvestres allá donde teóricamente tenían que hacer todo el paripé con el perro. Alguien dejó por escrito que lo había hecho sin perro ni ná, y que (evidentemente) no se habían cumplido los funestos presagios, pero ya no recuerdo quién.
        Los perros, por cierto, se alegraron.
        (Gracias por la invitación, Oliver. ¡Me lo estoy pasando pipa!)

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      • Aunque nadie pusiera en práctica estos consejos, me parecen súper interesantes como muestra de las supersticiones de su época. Supongo que a falta de leyendas urbanas, como las que tenemos hoy en día, estas historias sobre mandrágoras gritonas eran el no va más.

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      • Concuerdo totalmente. Aunque no se pusiese en práctica, dice mucho sobre la mentalidad de la época (y sobre los humanos en general, je je).

        Curiosamente, no todas las raíces “con forma de hombre” se han interpretado como la mandrágora a lo largo de la historia y en las distintas culturas. El ginseng en China también podía suspirar y ser afrodisíaco, pero ni gritaba mortíferamente, ni era particularmente mágico (según mi fuente, claro, que no hablo chino), ni nada de eso.

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    • ¡Hola Carla!
      Oh, sí. Antropocéntricos hasta la médula. Lo cual tampoco es del todo nuestra culpa (“ser humano” es lo único que sabemos ser, al fin y al cabo, y vamos proyectándolo a diestro y siniestro a nuestro alrededor, porque no hay más botones que ese en nuestro arsenal).
      Me alegra un montón que la hayas disfrutado (¡es siempre un placer que nos leas! ; ) )

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