Finales falsos

Aspirar a la felicidad como meta vital es una soberana estupidez. La vida no termina una vez alcanzado ese estado, con lo que no nos queda más remedio que luchar para perpetuarlo en el tiempo. Por eso siempre que tengo el corazón contento suelto la misma frase: «Soy tan feliz que podría morir». Y es que el ser humano ha desarrollado un gusto tremendo por los finales cerrados y, cómo no, felices. Quizás en otra entrada despotrique contra la factoría Disney y sus películas almibaradas, pero ahora sólo quiero señalar lo absurdos que me resultan los finales cerrados. Cuánto daño ha hecho aquello de «y vivieron felices y comieron perdices».

Una historia es buena cuando su fuerza no se disipa al llegar el desenlace. Por desgracia no hay forma de lograr ese efecto con un final cerrado. El esquema es fácil de identificar: el protagonista consigue aquello que anhela, tiene una autorrevelación estándar y luego se lanza al disfrute de su nueva realidad, en la que todo está en calma. Así a nosotros nos da la impresión de que la historia está completa y que el sistema que vomitaba problemas sobre los personajes ha desaparecido. Aunque eso sea mentira.

Isabelle Adjani

Escena de “La Reina Margot”.

Michael Ende ya ilustró de forma magistral cómo una historia perdura si se mantiene el hilo del deseo. Todos los personajes de La Historia Interminable persiguen un objetivo, aunque en el caso de los secundarios se trate de «otra historia y deba ser contada en otra ocasión». El equilibrio siempre es temporal y la autorrevelación nunca es sencilla. Nada puede garantizarle al protagonista una vida satisfactoria después de la última palabra de la novela.

El final de una gran historia nunca es definitivo ni menos cierto que cualquiera de sus pasajes. Que sí, que existen momentos de felicidad y normalmente los escogemos para apagar las luces y dar por terminada la función. La comodidad del final cerrado es tentadora, pero no deberíamos desdeñar el sufrimiento, ni siquiera uno futuro y más que probable, porque precisamente es el dolor lo que nos ayuda a aprender. Sin él no obtendríamos las herramientas necesarias para sortear los obstáculos en el camino.

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5 comentarios en “Finales falsos

  1. Querido Oliver, hoy estoy en desacuerdo contigo.
    Creo que hay un lugar para finales cerrados, tipo “y vivieron felices y comieron perdices”, y para finales abiertos. Y no siempre uno es mejor que el otro por definición, sino que dependerá de la historia, de su desarrollo, planificación y ejecución. No fue Disney quien inventó el final feliz.
    En mi opinión, no conviene confundir el aprendizaje que uno puede sacar de experiencias vividas (de dolor, sufrimiento, etc; presente, pasado, futuro), y el que puede sacar de una historia. Para que resulte psicológicamente satisfactoria, la ficción no tiene por qué reflejar la vida misma para ser efectiva o “buena”. Los cuentos son un ejemplo de ello: plagados de finales felices, en los que suceden las cosas más estrambóticas, y sin embargo si se han desarrollado en la tradición oral durante cientos de años y han evolucionado hasta adquirir esta forma… ¿no será porque evolutivamente son especímenes de ficción perfectamente adaptados a las necesidades de su público? Al igual que las obras de Shakespeare están adaptadas, pues siguen funcionando a la perfección en la actualidad, tanto sus tragedias como sus comedias.
    El drama está genial y me gusta, sí; pero que no se lo tenga tan creído, que no necesita patear al resto de opciones posibles en ficción para ponerse por encima.
    Si aspirar a la felicidad como meta vital es una tontería, ¿era Aristóteles un tonto? Podremos discrepar en la definición de felicidad, de cómo se alcanza (o si es siquiera una “cosa” que pueda alcanzarse), pero creo que tachando de tontería la felicidad como meta, tendrás de uñas a naciones enteras que han colocado la felicidad, o su persecución, en sus constituciones y similares.
    Y si sólo los tontos (“se enamoran”) disfrutan de los finales cerrados, entonces ¿soy tonta?
    Pues bienvenida sea la tontería. Recordemos que siempre ha habido ‘tontos’, bufones y “royal fools”, que han sido los únicos capaces de ver y decir verdades como casas contra la opinión imperante.

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    • Estimada Aina, quizás ha sido un error empezar hablando de la felicidad para ilustrar la importancia de los finales abiertos. Creo que has sobreentendido que prefiero la tragedia a la comedia y que le otorgo más valor moral a la primera. Nada más lejos de la realidad. Para que nos entendamos: existen finales cerrados que son tristes.

      Acerca del comentario sardónico sobre Disney, en mi defensa diré que la crítica iba dirigida a sus primeros largometrajes. La mayoría estaban basados en fábulas populares y protagonizados por princesas que ansiaban ser rescatadas. Por supuesto que Disney no inventó el clásico final de cuento, faltaría más. Además soy fan confeso de muchas de sus películas. Sin ir más lejos El Rey León me parece brillante; un ejemplo perfecto de final abierto, una representación ideal del «ciclo sin fin».

      Cuando digo que los finales cerrados son falsos no estoy criticando sus propiedades para hacer sentir bien al lector. Lo que digo es que todos, incluido yo, preferimos obviar que la historia que hemos experimentado es sólo un pasaje, quizás el más significativo, de algo mucho mayor. El problema del «y vivieron felices y comieron perdices» es que es muy tajante. Qué se le va a hacer… Queda mejor que poner un «y vivieron juntos hasta el final de sus días, superando los altibajos como habían hecho siempre».

      Espero que esta aclaración sirva de algo.

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      • Sirve mucho : D de hecho, me descubro de acuerdo contigo una vez más.
        Añadiré una cosa más, y es que creo que “vivieron felices y comieron perdices” es cerrado (aunque no muy feliz para las perdices)… hasta que alguien decide abrirlo. Creo que todos sabemos, aunque sea de forma inconsciente, de que no existe un punto y final, y de que cualquiera que tenga ganas puede ‘reabrirlo’ y continuar la historia (¿qué sería de los fanfics si no existiese esa posibilidad?).
        Quizás nos guste cerrar la puerta, pero en realidad sabemos que no existe llave para impedir que se abra de nuevo. Y ahí está la magia de las historias compartidas.

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