Mi reino por un nombre

Bautizar personajes de ficción es una tarea difícil, al menos para mí. Es como escoger el nombre de un hijo; aunque tu retoño sea imaginario, no vale cualquier opción. La red está plagada de listas que nos pueden ayudar a encontrar el más apropiado. Las hay según género, origen del nombre, sonoridad e incluso según su significado.

La Emperatriz Infantil

La Señora de los Deseos, la de los Ojos Dorados.

Yo soy de los que piensa que designar exige cierto grado de intencionalidad. En la literatura fantástica, el nombre a menudo define a su portador y es un atributo indivisible de él. Lo vemos en El Hobbit, en Un mago de Terramar, en Stardust y en un sinfín de obras. La Emperatriz Infantil de La Historia Interminable necesita un nuevo nombre, pues de ese gesto depende la supervivencia de toda Fantasía. ¡Así de crucial es el asunto! Los motes también son útiles. Además pueden ofrecer pistas ocultas, como el apodo Low Key Lyesmith en American Gods. Neil Gaiman es el no va más en eso de otorgar nombres. Es capaz de convertir un error tipográfico en la heroína de un cuento, como ocurrió con Coraline (su intención era escribir Caroline).

Ustedes, las personas, tienen nombres porque no saben quiénes son. Nosotros sabemos quiénes somos, por eso no necesitamos nombre. –El Gato, Coraline

El nombre simbólico es una técnica que, bien ejecutada, fortalece el contenido de una trama. Basta con reflejar el principio esencial de un personaje en su nombre. Charles Dickens era un experto usando este recurso. Por ejemplo, sabemos que el pequeño Tim (Cuento de Navidad) es un chico enfermizo porque su epíteto resalta lo joven y delicado que es.

Es una lástima que este método cayera en desuso en la ficción post-decimonónica, quizás porque puede resultar demasiado evidente. El primero en señalar este cambio fue Vladimir Nabokov quien, por cierto, no eligió al azar el título de su célebre Lolita. El escritor, nada más empezar el libro, ya nos deleita con un sugerente análisis de pronunciación: «Lolita: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes».

Sirius Black

Sirius Black contemplando el árbol genealógico familiar.

Los anagramas y los juegos de palabras son una constante en los nombres de ficción. Sino que se lo digan a Rajesh Koothrappali, de la serie The Big Bang Theory. Pero, ante todo, un nombre debe ser coherente con la época y el contexto en la que transcurre la acción. En su blog, Víctor Selles desaconseja el uso de nombres enrevesados sin justificación. Los editores tienden a desechar los manuscritos que los contienen. Estáis advertidos.

Lo cierto es que bautizar un protagonista suele ser duro y genera un bloqueo considerable. Hay autores que intentan superarlo recurriendo a listines telefónicos o generadores de nombres. Luego está J. K. Rowling, que usaba el listado de feligreses de su parroquia para inspirarse a la hora de nombrar personajes.

El miedo a un nombre aumenta el miedo a la cosa que se nombra. –Albus Dumbledore, Harry Potter y la piedra filosofal

La anécdota más curiosa que conozco le ocurrió a una alumna mía. Fue durante una firma de libros, aquí en Barcelona. El nombre de la joven es Izia y el autor que estampaba rúbricas no era otro que Patrick Rothfuss. A fin de evitar errores en las dedicatorias, los asistentes escribían sus nombres en un papelito antes de llegar a la mesa. Cuando le tocó el turno a Izia, Rothfuss le comentó que su nombre le parecía muy bonito. Y debió de gustarle mucho, porque le pidió permiso para usarlo en una de sus futuras novelas. De hecho, al finalizar el evento, el único post-it que se llevó consigo fue el de ella.

Desde luego, robar nombres de fans es una gran estrategia, sobre todo viniendo de alguien que le pone Kvothe al protagonista de su saga. Por si hay algún despistado, aclaremos que se pronuncia “cuouz”. Es imperativo añadir un anexo en los libros de fantasía en el que se especifique la pronunciación de los nombres propios y de lugar. Luego ocurren desgracias, como la que padeció Ursula K. Le Guin con el nombre de Ogión, «so Ogion, which rhymes with bogy-on, is “oh-jee-on” in the film».

Un consejo, no os compliquéis la vida.

Museo EMP

Cuando se habla de Seattle automáticamente pienso en tres cosas: en la música de Nirvana, en la terrible climatología del estado de Washington y en el culebrón Anatomía de Grey. La providencia quiso que el verano pasado visitara esta ciudad durante el transcurso de un road trip por la costa oeste de Estados Unidos. Dada su escasa oferta turística, me animé a pillar entradas para el EMP. Por aquel entonces todavía tenían en cartel la exposición de Star Wars centrada en el vestuario de toda la saga.

Darth Vader

Aquí tenéis un Darth Vader. Disculpad la calidad de la foto.

El museo rinde culto a varios aspectos de la cultura popular, desde un género de cine o literatura, pasando por la música pop-rock o los videojuegos. Todo aderezado con sonido ambiental y una iluminación digna de la Batcueva. Sólo destacaré dos espacios permanentes, ya que creo que son los únicos que casan de alguna manera con los contenidos del blog.

Syfy guns

Un arsenal muy apañado.

El primero de ellos se titula Infinite Worlds of Science Fiction, en donde se exhiben unos 150 artefactos procedentes de películas y series de televisión tales como Star Trek, Men in Black, Blade Runner, Doctor Who o Battlestar Galactica.

Confesaré que mis secciones favoritas fueron las que rendían homenaje a Alien y El Quinto Elemento. En cuanto a las naves espaciales y el diseño de criaturas (o androides), eché en falta la inclusión de bocetos preliminares. Las vitrinas contenían pequeñas explicaciones sobre la procedencia de los trajes y las armas, pero pocos detalles técnicos en cuanto a su confección. Me habría conformado con cualquier anécdota.

Leeloo Dallas

Leeloo Dallas, multi-pase.

Dejé la sala Fantasy: Worlds of Myth and Magic para el final suponiendo, equivocadamente, que sería lo mejor del recorrido. Si eres un fetichista del atrezzo de cine, no te decepcionará; si vas buscando algo de profundidad intelectual, la cosa cambia. La mejor forma de describir este desengaño es comentar que tenían enmarcado el primer borrador de Eragon en una pared. Lo siento, pero no trago a Christopher Paolini.

Labyrinth

David Bowie seguía vivo cuando me topé con esto.

En una esquina había una mazmorra que contenía la maqueta de un dragón, algo perfecto para una atracción de Disneyland pero quizás impropio de un museo. Había espadas a puñados, desde la mítica Dardo de El Señor de los Anillos hasta el estoque de Íñigo Montoya en La Princesa Prometida. Quizás lo más llamativo fue un panel en el que podías consultar todos los arquetipos del género fantástico. El menú interactivo te ofrecía un test para averiguar qué papel te correspondería a ti en una aventura de esa índole (el mago sabio, la damisela delicada, el caballero, el pícaro, el antihéroe, el embaucador, etc.) y además te permitía abrir una carpeta con ejemplos fílmicos y literarios.

The

Me llamo Íñigo Montoya. Tú mataste a mi padre. Prepárate a morir.

Había un rincón dedicado exclusivamente a la creación de mundos. Allí los visitantes tenían acceso a un programa que les permitía dibujar y editar el mapa de su propio reino imaginario. Es una lástima que la exposición se centrara en la capa más superficial del asunto, como si lo único importante fuera reproducir una copia barata del trazado geográfico de la Tierra Media y poco más, descuidando los aspectos míticos, culturales y religiosos de los universos fantásticos. Y da la casualidad de que eso es lo que a mí me seduce con más fuerza. En fin, doy por zanjada mi reseña.