Símbolos (1) Dientes

A muchos escritores les da por pensar que los símbolos son sólo esos detallitos irrelevantes que analizan los críticos y los profesores de literatura. ¡Error! Es verdad que el símbolo es algo sutil. Nos proporciona un lenguaje oculto que influye a nivel emocional en el público, construyendo un entramado que activa su magia por debajo de la superficie de la historia; pero no por ello carece de importancia. De hecho, el símbolo no es otra cosa que significado condensado.

Siguiendo este planteamiento, me gustaría publicar unos cuantos artículos sobre simbología narrativa. En esta ocasión os hablaré de una cosa que por lo general tenemos todos: dientes. Aunque las dentaduras humanas no nos perturban demasiado, salvo por las eventuales revisiones odontológicas. Ahora bien, ¿qué sensación nos evocan unas largas hileras de colmillos afilados?

En su obra Las estructuras antropológicas del imaginario, Gilbert Durand examina la iconografía del inconsciente colectivo, donde los depredadores y carroñeros se transforman en heraldos de la fatalidad. Al igual que con los ogros antropófagos de los cuentos, los animales carnívoros personifican, a través de este sadismo dental, el inexorable paso del tiempo. Esto a su vez está íntimamente relacionado con el mito de Saturno (o Cronos), quien devoraba a sus hijos.

Dientes de comadreja en un amuleto bávaro.

Amuleto bávaro confeccionado con dientes. Su finalidad es proteger a los cazadores y asegurar buenas capturas.

Las fauces son también sinónimo de muerte. El perro de tres cabezas vigila las puertas del infierno en la mitología griega y el chacal es el dios funerario del antiguo Egipto. La mezcla de rasgos humanos y animales, o teriomorfismo, es una característica propia de las religiones arcaicas y aparece en multitud de leyendas del folclore popular. Un ejemplo muy conocido es el del licántropo u hombre lobo europeo. La transformación animalesca degrada al sujeto y lo reduce a sus más bajos instintos. Por eso, según Durand, todos los símbolos teriomorfos devoradores aluden a la libido sexual.

Recientemente me topé con una discusión muy interesante en una comunidad de arte digital. En ella se vertían una serie de datos sobre las tendencias que seguían los artistas gore en función de su sexo. Al parecer las ilustradoras acostumbraban a centrar su atención en los dientes y en las bocas, contemplando la violencia como una ingesta (canibalismo, vampirismo, etc.) y eso contrastaba con la tendencia predominante en el género, donde la violencia es casi siempre lacerante y asociada a cuchillos, motosierras y objetos puntiagudos. Incluso la criatura de Alien, el octavo pasajero tiene una boca fálica que usa para perforar la carne.

La violencia contra las mujeres es habitual en el cine de terror. Hay mucha imaginería penetrativa, con lo que los límites entre el erotismo y la agresión se difuminan. Eso explica que muchos monstruos creados por el hombre (como el Alien de H. R. Giger) sean ante todo penetrativos, en comparación a los creados por mujeres que suelen ser voraces.

Me pregunto en qué medida esto está vinculado a la visión del apetito femenino como un acto subversivo. Históricamente a las mujeres se las ha incitado a no comer demasiado, a no acaparar espacio, a ser castas, de modo que luego en la ficción se vuelven insaciables, desplegando su gula sin complejos y de una manera monstruosa. ¿A alguien le suena la leyenda de la vagina dentata?

Sadie Frost como Lucy Westenra en la versión cinematográfica de Francis Ford Coppola.

Sadie Frost como Lucy Westenra en la adaptación de “Drácula” al cine de Francis Ford Coppola.

En la novela Drácula, de Bram Stoker, hay un personaje en concreto que encarna a la perfección la avaricia femenina que los hombres tanto temen: Lucy Westenra. Bella y voluptuosa, es capaz de conseguir que tres pretendientes le declaren su amor el mismo día. Ya convertida en vampiresa, se dedica a chupar la sangre de niños inocentes. Es plausible que la condesa Erzsébet Báthory fuera una de las fuentes de inspiración de Bram Stoker, aunque esta conexión no está exenta de polémica.

Cabe destacar que las criaturas sensuales y sedientas de sangre no son una invención del escritor irlandés. Los griegos ya estaban familiarizados con las empusas y las lamias. Lo que sí podemos observar es que los colmillos son una constante en el mito del vampiro. No solamente son necesarios para perforar la piel y la carne, también evocan de manera refinada los conceptos de tiempo y muerte. ¿O acaso la inmortalidad no una condición del vampirismo?

Reflexiones sobre literatura fantástica

Lucy y el Sr. Tumnus, personajes de C. S. Lewis.

Lucy y el Sr. Tumnus, personajes de C. S. Lewis.

Puede ser una coincidencia, o quizás estaba escrito en las estrellas, pero parece ser que con el cambio de siglo se ha producido un renovado interés por el género fantástico. Así lo vimos durante la primera década del 2000, cuando el éxito de la saga de Harry Potter congregó larguísimas colas ante las puertas de las librerías. Además, las adaptaciones taquilleras de El Señor de los Anillos y Las Crónicas de Narnia también tuvieron algo que ver.

¿Y qué clase de fuerza es la que nos arrastra a descubrir reinos imaginarios? Para el folclorista Philip Martin, la fantasía, en su forma más inspirada, nos imbuye el sentido de que todo es posible, la ilusión de un mundo en el que creemos y por el que nos preocupamos profundamente, aunque sepamos que no es real.

La fantasía es el género más antiguo de la literatura. –George R. R. Martin

Aun así es lamentable la falta de respeto que sufre este género. Es como la oveja negra dentro del mundo de la literatura, como si a través de sus historias no se pudiera contar nada de provecho. En las tiendas no goza de etiqueta propia y suele compartir estantería con la ciencia ficción. Fuera de ellas tampoco le va muy bien. Como bien remarcó George R. R. Martin en una entrevista: «La fantasía es el género más antiguo de la literatura. Se remonta a la época de La epopeya de Gilgamesh y La Odisea de Homero. Esa gente escribía fantasía hace miles de años. Desafortunadamente en televisión, por alguna razón, la fantasía se considera un género para críos».

De hecho me atrevería a asegurar que las primeras historias de ficción pertenecen al terreno de la fantasía; leyendas sobre monstruos y dioses que se contaban alrededor del fuego en los albores de la humanidad.

Por supuesto la era moderna de la fantasía no empieza hasta el siglo XIX, cuando salen a la luz los trabajos de George MacDonald, William Morris y Lord Dunsany. MacDonald fue el primero en dirigirse al público adulto. Justificaba su decisión de la siguiente manera: «Escribo, no para los niños, sino para los que son como ellos, ya tengan cinco, cincuenta o setenta y cinco años». Morris y Dunsany usaban un estilo arcaico, propio de los mitos nórdicos, y sus relatos estaban plagados de enanos y espadas mágicas. Los dos nadaban contracorriente, pues lo que estaba en boga en aquel momento eran las novelas de aventuras ambientadas en selvas exóticas o islas perdidas.

No fue hasta el siglo XX, con la publicación de la revista Weird Tales, que el género fue tomando forma. Otras revistas siguieron su estela y catapultaron a la fama a escritores de la talla de H. P. Lovecraft o Robert E. Howard. Fueron estos baluartes del formato pulp los que dotaron a la fantasía de entidad propia.

Luego llegaron los Inklings, siendo los más notables J. R. R. Tolkien y C. S. Lewis quienes se nutrieron de las ideas de Morris y MacDonald para crear, respectivamente, El Señor de los Anillos (1954-1955) y Las Crónicas de Narnia (1950-1956). Aunque la obra de Tolkien fue bien acogida en el momento de su publicación, no se volvió popular hasta la década de los sesenta, coincidiendo con el lanzamiento de la edición de bolsillo de El Señor de los Anillos. A medida que el gusto por la fantasía se extendía en los campus universitarios, algunos escritores de ciencia ficción empezaron cambiar de bando. De hecho, es posible que el transfuguismo de autores propiciara el hermanamiento de ambos géneros.

Arwen con su séquito élfico.

Arwen, con su séquito élfico, de camino a los Puertos Grises.

A finales de los setenta, una novela de espada y brujería se coló en la lista de los mejor vendidos del New York Times. La Espada de Shannara, de Terry Brooks, demostró que un autor podía triunfar dedicándose a la literatura fantástica.

En los ochenta surgió el fenómeno de las sagas heroicas por entregas. Sí, antes ya existían obras agrupadas en trilogías e incluso heptalogías, sólo que esa práctica no se había convertido en la tendencia predominante. ¿Cuándo fue la última vez que leísteis un libro autoconclusivo de este estilo? Ahí lo dejo.

Una década más tarde aparecen los “libros tocho” personificados en las obras de Robert Jordan y Terry Goodkind (a pesar de que él diga que no escribe fantasía), y desde entonces en el género abundan las novelas densas y muy largas. Personalmente, me niego a creer que no se pueda contar algo grandioso en menos de trescientas páginas.

La fantasía, en su forma más inspirada, nos imbuye el sentido de que todo es posible. –Philip Martin

Por suerte, a principios del siglo XXI, saltan a la palestra algunos escritores nuevos, con un nicho de fans que les da la bienvenida con los brazos abiertos. Escritores como Susanna Clarke, Brandon Sanderson, Robin Hobb, Joseph Delaney o Patrick Rothfuss, que intentan alejarse de los tópicos de sus predecesores, algunos con mayor éxito que otros. Digo esto porque tengo la sensación de que apenas se ha innovado en ese campo. A grandes rasgos veo una perpetuación del viaje del héroe en casi todos los relatos, cuando no auténticos refritos de la obra de Tolkien.

Las historias cada vez son más largas; más libros, más páginas… Sin embargo eso no significa que haya mejor contenido. Tienes que hipotecar tu lista de lecturas cuando te enganchas a una saga nueva y eso suele ser un hándicap para atraer al público generalista. Me pregunto si esta moda por lo fantástico realmente insuflará aire nuevo en el género o terminará de darle la puñalada final.