El esqueleto de las historias

Dice el refrán que cada maestrillo tiene su librillo, y eso no es una excepción en cuanto a dar consejos sobre el comienzo de una historia. La peor pesadilla del escritor es la hoja en blanco y eso es porque muy pocos tienen facilidad para plasmar las primeras palabras de un relato (o de una entrada de blog).

Recuerdo quedarme a cuadros al leer Mientras escribo, de Stephen King. Para el maestro del terror, los escritores son arqueólogos que se dedican a desenterrar fósiles. Según su criterio, las tramas están ahí, en alguna parte, sólo hay que limpiarlas, reunir los fragmentos y reconstruir el puzzle con todo el esqueleto de la historia. Esta analogía funcionará para quienes parten de una escena muy potente, como la que se le ocurrió al propio King cuando trabajaba de conserje en un instituto: el episodio de bullying en las duchas de Carrie.

¿Pero es ésa la única forma de proceder? El origen de la creatividad personal es un tema que se viene abordando desde hace siglos. Platón argumentaba que el artista actuaba bajo el dictado de los dioses y que sólo era capaz de trabajar en medio de su trance. Aunque este planteamiento quita gran parte del mérito a los ejecutores de las obras, resulta también muy liberador. El escritor ya no se siente responsable de no ser productivo, porque no es su culpa: es de las musas. Elizabeth Gilbert, autora de Come, Reza, Ama dio una charla TED muy ilustrativa sobre esta cuestión.

Esqueleto de dinosaurio hallado en Alemania.

Esqueleto de dinosaurio hallado en Alemania.

Otros escritores, en cambio, prefieren responsabilizarse de sus actos hasta las últimas consecuencias. Por poner un ejemplo, Edgar A. Poe defendía la creatividad como un proceso racional. Para él su trabajo era fruto de unas ideas estructuradas, meditadas y definidas.

Esta división entre lo consciente e inconsciente también la hace el escritor de fantasía George R. R. Martin cuando habla de dos tipos de escritores: los arquitectos y los jardineros. Según sus propias palabras: «Los arquitectos elaboran planos antes de clavar el primer clavo, diseñan la casa al completo, dónde estarán las tuberías, cuántas habitaciones habrá, qué tan alto será el techo… En cambio los jardineros sólo cavan un agujero, plantan la semilla y esperan a ver qué sale. Creo que todos los escritores son en parte arquitectos y en parte jardineros, pero tienden hacia un lado u otro, y yo soy definitivamente más del tipo jardinero».

Hay quienes nadan entre las dos aguas sin problemas, como Umberto Eco, quien sostiene un enfoque que reconcilia ambas posturas. Todo ser humano presenta elementos racionales e irracionales, pero nadie puede poner en duda que nuestras creaciones son parte de nosotros, producto de nuestro cerebro que ha ido asimilando todo lo que hemos vivido y sentido. No importa si aquello que hemos almacenado lo hemos hecho de forma voluntaria o involuntaria, porque eso no lo hace menos nuestro. ¿Y acaso no es eso lo que realmente nos interesa, contar algo con nuestra propia voz?

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