El arte de postergar

No deje para mañana lo que puede hacer hoy. –Philip Stanhope

Todos postergamos alguna vez. Nos parece normal dejar un trabajo para el día siguiente, sobre todo si dicho trabajo nos abruma. Hay quienes repiten este patrón de forma indefinida, pero lo que comúnmente puede confundirse con pereza tiene otra acepción.

Procrastinare, del latín, significa textualmente “dejar para mañana”. La procrastinación puede entenderse como el aplazamiento sistemático de una tarea, aun cuando existe la intención de empezarla y finalizarla. No se trata de un comportamiento abúlico, sino más bien de la evitación de ciertas responsabilidades mientras nos refugiamos en actividades alternativas e irrelevantes.

Históricamente existen tratados que aluden de forma indirecta a la procrastinación. Ya en el siglo XVIII el estadista británico Philip Stanhope, conde de Chesterfield, aconsejó: «No a la ociosidad, no a la pereza, no a la postergación; no deje para mañana lo que puede hacer hoy».

Aun así sorprende que se haya escrito tan poco acerca de la conducta de postergar. Algunas investigaciones psicológicas sugieren que la raíz del problema se encuentra en la inseguridad personal, la baja tolerancia al estrés y el miedo al fracaso (Knaus, 1973). Se ha contemplado el fenómeno desde diversos ángulos: como un acto de rebeldía, como consecuencia de una falta de atención y también como un producto más de la depresión (Steel, 2007).

La pregunta es, ¿están los genios a salvo del influjo de la malévola procrastinación? Durante siglos nos han hecho creer que las grandes mentes fueron un dechado de productividad. Nada más lejos de la realidad. La historia ha documentado muchos casos de artistas notorios con una productividad baja. En 1844 Edgar A. Poe escribió en una carta a su amigo James Russell Lowell: «Soy excesivamente perezoso e increíblemente industrioso, por turnos».

desorden

Fotografía de Dulcie Emerson.

El caso más sonado lo descubrí a través de este artículo y tiene como protagonista a un renombrado escritor. En 1908 Franz Kafka ocupaba un puesto en una compañía de seguros. Fue su corta jornada laboral (unas seis horas) lo que le permitió comenzar a escribir. Y pese a tener esa suerte, el autor de La metamorfosis no era muy bueno gestionando su tiempo de forma eficiente. Tras el almuerzo se pegaba siestas de hasta cuatro horas. Luego hacía algo de ejercicio. No era hasta después de la cena, alrededor de las diez o las once de la noche, que dedicaba un ratillo a la escritura.

Lo hilarante es que Kafka se quejaba en sus cartas de que su trabajo le quitaba tiempo. Según Louis Begley (2008) esto era sólo un pretexto: «Es raro que los escritores de ficción se sienten detrás de sus escritorios a escribir más de unas pocas horas al día. Si Kafka hubiera utilizado este tiempo eficientemente, el horario de trabajo en la oficina le hubiera dado suficiente tiempo para escribir. Como él mismo reconoce, la verdad es que perdía el tiempo».

Uno sólo puede crear aquello a lo que ha renunciado. –Marcel Proust

Otro ejemplo lo encontramos en Marcel Proust, autor de una única obra maestra, En busca del tiempo perdido. Proust prefirió traducir los textos de J. Ruskin a trabajar en los suyos propios, y eso que tuvo que luchar ferozmente ante su padre para defender su faceta de escritor. En una ocasión confesó que «uno sólo puede crear aquello a lo que ha renunciado», algo que podemos relacionar perfectamente con el proceso de duelo y la simbolización en términos psicoanalíticos.

En su obra El psiquismo creador, Fiorini plantea lo siguiente: producir una pieza de arte, que tiene que ser realizada en el mundo externo y de la cual el autor debe separarse, a menudo provoca demasiada angustia. Eso es algo que se traduce en diferentes tipos de inhibiciones creativas. Es especialmente relevante mencionar las dificultades para comenzar el proyecto, pues así se pierde en cierta manera el producto idealizado que el artista tiene en su cabeza. Una explicación bastante plausible para la procrastinación.

Para que una obra llegue a buen puerto tiene que superar la fase de perpetua gestación. Hay que parir los proyectos pese a lo duro que resulte cortar el cordón umbilical con nuestra idea primigenia, porque si no lo hacemos nuestras historias morirán con nosotros.