Trama y drama

Imagen del clásico de ciencia ficción

Imagen del clásico de ciencia ficción “Blade Runner”.

El drama es algo fascinante y por esa razón lo buscamos en todas partes: en los libros, en los programas de televisión, en Internet e incluso en los cotilleos que compartimos con los colegas. Cuando se acaba una historia que nos gusta, nos resistimos a abandonarla. Es una sensación muy parecida a estar de luto por la muerte de un ser  querido. Se sacan películas basadas en novelas, cómics o videojuegos; se escriben fanfics que ahondan en la relación de unos personajes o exploran aspectos omitidos en la obra original; y, cómo no, los seguidores de tal o cual saga se pelean encarnizadamente para pedir, o impedir, la aparición de una secuela. Pero, ¿qué es lo que hace que una historia sea digna de tantas atenciones?

John Truby, autor de Anatomía del guión, establece un paralelismo entre el ADN humano y el código dramático implícito en una historia. Este código es una descripción artística de cómo una persona puede crecer o evolucionar y es, a mi modo de ver, la parte más enriquecedora de un buen relato. No es un proceso que pueda observarse con facilidad, pues se encuentra a un nivel profundo dentro de la historia, oculto detrás de las acciones de sus protagonistas.

El momento del cambio es el más importante. No es sencillo ilustrar cómo una persona rompe con sus hábitos, debilidades y fantasías para convertirse en alguien capaz de superar las adversidades y perseguir sus deseos. En los mejores casos esto sirve para expresar la idea de que los seres humanos podemos transformarnos en una mejor versión de nosotros mismos, tanto psicológica como moralmente. Pero no olvidemos que también puede producirse el efecto contrario. ¡Por eso el drama es tan interesante!

Daniele Liotti y Pilar López de Ayala en

Daniele Liotti y Pilar López de Ayala en “Juana la Loca”.

Hablemos ahora de otro factor crucial: la trama. El novelista E. M. Forster ya se planteó en su día la diferencia entre historia y trama en su obra Aspectos de la novela. Para ello elaboró una famosa ecuación. “El rey murió y la reina murió”, es una historia. “El rey murió y luego la reina murió de pena”, es una trama. En ambos casos tenemos una narración de eventos, pero la segunda versión está imbuida por un sentido de causalidad. Tras leer la primera crónica podemos preguntarnos qué viene a continuación (“¿y luego?”), pero en la última lo que nos choca es la razón por la cual se enlazan los acontecimientos (“¿por qué?”).

Una historia requiere curiosidad. En cambio una trama exige inteligencia y memoria por parte del lector para recordar los incidentes e interconectarlos. Esto permite al novelista retrasar las explicaciones, ocultar pistas e introducir el misterio en su obra. Este detalle es esencial para una trama, y no puede apreciarse sin perspicacia. Una parte de la mente del lector debe ir hilvanando teorías, mientras la otra parte avanza hacia adelante con los hechos.

Esta relación entre causa y efecto también conecta los personajes con la trama. Cada incidente los hace madurar y los altera. Son las dosis justas de trama y drama las que nos impulsan a pasar compulsivamente las páginas de un libro. Todo es tan intenso y tan interesante que estamos ansiosos por saber más y, sobre todo, por comprobar si hemos acertado en nuestras cábalas. Cuanto más cerca estamos del final de una historia que nos ha enganchado, más tensión acumulamos. El nivel de catarsis o decepción puede ser demoledor. Y sabemos lo que viene después: el vacío absoluto, el funeral por la pérdida de ese microuniverso que nos ha mantenido aislados durante tanto tiempo.